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Breve relato sobre el heroísmo de María Pita

 

La defensa de La Coruña contra los ingleses.

 

A modo de prólogo:

 

La Batalla de La Coruña, la lucha contra el intento de invasión por los ingleses y su posterior gran fracaso en el ataque a Lisboa, tiene el enorme valor de ser la primera de las grandes derrotas sufrida por los ingleses en tierra y a manos de los españoles. La segunda gran derrota que sufrieron fue la Batalla del Mar del Plata -de la que se celebró en 2007 su segundo centenario- y en ambas, con magistral habilidad, consiguieron los británicos restarle importancia a las derrotas y ocultar para la Historia, mucho más allá de lo creíble, ambos desastres sufridos.

 

Pero los resultados de los estudios de documentos de la época que recientemente fueron muy rigurosamente corregidos y contrastados por los actuales historiadores revisionistas ingleses, expurgando de patrañas y fábulas documentos de la época escritos más por cuentistas que por serios historiadores, dan una nueva perspectiva a los hechos acaecidos.

Hasta no hace mucho, el diagnóstico sobre el fracaso de la expedición inglesa de 1589 se basaba casi exclusivamente en los relatos exculpatorios de Drake y Norris.

Hoy, que contamos con la rigurosa y cuidada recopilación documental llevada a cabo por la prestigiosa The Navy Records Society (*)  (The expedition of John Norris and Francis Drake to Spain and Portugal, 1589. Aldershot-Vernon, 1988) donde, además de ponerse de manifiesto la verdad histórica, se destacan las grandes contradicciones entre los escritos de los dos protagonistas (Norris y Drake) y los documentos económicos allí recopilados ayudan a precisar sobremanera lo realmente ocurrido.

 

 

Corría el año de1589. Los restos de la Gran Armada –fueron ingleses quienes la bautizaron como Armada Invencible-, tras el desastre en el Canal, estaban siendo reparados –o sustituidos por galeones de nueva construcción- en sus puertos base.

Conocedores los ingleses del muy mal estado en que se hallaba la flota española y calculando que se les presentaba una oportunidad irrepetible, convencieron a Isabel I para aprovechar esta ocasión de oro, y con inmenso esfuerzo económico para la Inglaterra de la época (la Reina empeñó su corona y asoció en la desdichada aventura a nobles y comerciantes) prepararon una enorme armada -la más grande de las fletadas por Albión hasta entonces- con la finalidad de alcanzar tres propósitos: destruir el grueso de la flota que estaba en reparación y construcción en la bahía de Santander; conquistar Lisboa para soliviantar los ánimos de los portugueses –a la sazón súbditos de la corona de España- contra Felipe II y provocar la secesión de Portugal entronizando al pretendiente bastardo portugués, el Prior de Crato; y a mayores, apropiarse de las flotas de Indias, interceptándolas a la altura de las Azores, a su regreso a la Península. El golpe sería demoledor para la economía española, pues Felipe II necesitaba aquel oro de América para realizar el gigantesco programa de rearme naval.

Esa Contraarmada de120 barcos y 23.375 hombres era capitaneada por el almirante Francis Drake y por el general John Norris (el más prestigioso militar inglés de su tiempo, como general en jefe de los ejércitos transportados). Las claras órdenes dadas por su reina de dirigirse directamente a Lisboa las torció a su gusto el más famoso de los piratas; prefirió venir en busca del desquite contra la ciudad desde la que había partido la Gran Armada, un año antes (22.07.1588 hacia Inglaterra).

Se dispuso a atacar primero –como si de un divertimento se tratase- el que entendían más débil puerto de La Coruña.

Este fue el primero de los sucesivos errores que llevarían a la magna expedición británica hacia el gran desastre: salir descalabrada de ambos ataques a La Coruña y a Lisboa.

La reciente reconstrucción que de estos hechos hizo el historiador -Caballero de la OCMP- Luís Gorrochategui Santos (**), basado en muchas, modernas y fidedignas, fuentes documentales, rompe tópicos monolíticos  saliendo airosa del contraste con los papeles que guardaban los archivos británicos, ayudando a superar un erróneo estado de opinión construido hace siglos, a partes iguales, por la propaganda del nacionalismo inglés y del protestantismo holandés, firmemente apoyados en la desidia hispana

 

(*) Donde también se aclara definitivamente como realmente ocurrió todo lo de la Invencible. Nada que ver con las falacias divulgadas durante siglos por los ingleses, usando la buena voluntad de sus muy mezquinos compinches, los protestantes holandeses.

(**) En su preciso e ineludible libro "La Guerra de la Sirena. Nueva perspectiva de María Pita". El Arca de Papel Editores, S.L., 2002

 

¡Llegan los ingleses!

 

A media tarde del 3 de mayo de 1589, el centinela de la atalaya de Estaca de Bares, uno de “Os Avezados”, cuya misión consistía en encender un fuego por cada barco enemigo que avistase -y si fuesen muchos una gran fogata- para que al ser vista la señal desde S. Andrés de Teixido se siguiese retransmitiendo, vio en el horizonte un trazo oscuro que inmóvil se agrandaba. Echó toda la leña al fuego para salir a uña de caballo hacia La Coruña. Aún no había salido el sol cuando llegó al Camaranchón para informar a su jefe, capitán Juan Sánchez Cotrofe, “…son por lo menos ochenta, o cien velas, o quizá más…tal vez ciento veinte”. 

Cotrofe lo miró con incredulidad ya que los ataques de cinco años atrás contra Vigo y Bayona los habían efectuado con veinticinco buques casi todos pequeños; ¿quién podía imaginar a cien navíos ingleses cayendo sobre La Coruña? A media tarde otro aviso dio confirmación a lo que era inimaginable: ¡Llegan los ingleses!

El tercer marqués de Cerralbo, D. José Pacheco, Gobernador de la Plaza, organiza con sus capitanes la defensa de la Ciudad,  pide ayuda a Santiago y Betanzos, y reúne dentro de la Ciudad a los moradores de las aldeas de la comarca.

En la mañana del jueves 4 de mayo una enorme fogata en Cabo Prioriño avisaba que el destino de la enorme flota inglesa era La Coruña.

La Invencible inglesa, a paso lento frente a las costas de Mera se situó a la una del mediodía hacia el interior de la ría sin encontrar la menor resistencia, fondeando fuera del alcance de los cañones del castillo de San Antón, y comenzó en el arenal de Santa María de Oza el desembarco con catorce lanchones de las numerosas tropas: 120 capitanes, 17.390 soldados, 1.380 caballeros, 95 jinetes, 4.100 marineros y 290 colonos. En la primera barcada tomaron tierra siete banderas y en barcadas sucesivas varios miles de hombres que se adueñaron del Monte de Eirís y los caminos a Santiago y Betanzos, obligando a las compañías que venían de refuerzo a entrar desde Bergantiños.

Los defensores, perfectamente organizados en líneas de fuego en el Alto de Santa Lucía,  fuera de las murallas, con 150 expertos arcabuceros conocedores del terreno y al mando del capitán Troncoso, tendieron emboscadas a los invasores que comenzaron a sufrir sus primeras bajas y hubieron de replegarse.

Ante el castigo infligido los ingleses rodearon el promontorio amenazando con aislar a los españoles, dada su aplastante superioridad numérica. Troncoso y sus hombres se replegaron hábilmente mientras peleaban en forma escalonada para retroceder hasta el arenal de Garás (actual Plaza de Vigo y Linares Rivas) donde ya estaban bajo el fuego protector de las cuatro piezas del pequeño fuerte del Malvecín, en el extremo sur del muro de la Pescadería (hoy Plaza de Mina); también los cubría la arcabucería desde la muralla y los cañones del San Juan y San Bartolomé, fondeados cerca.

La temeraria acción de los arcabuceros de Troncoso tuvo efecto positivo en la moral de la plaza, mientras los invasores fueron sorprendidos y hubieron de comenzar a evacuar muertos y heridos.

La Coruña disponía en ese momento de una guarnición excepcionalmente numerosa, pues a los 150 hombres de Álvaro de Troncoso había que sumar los 500 soldados viejos de infantería de Marina que eran la base de la defensa coruñesa; soldados bragados de los Tercios viejos de infantería española curtidos en mil batallas, compenetrados con sus capacitados oficiales y jefes, que regresaron en los buques de la Gran Armada que vinieron a reparar; y además de estos extraordinarios profesionales, los mejores infantes de su época, hay que contar a 560 coruñeses levantados en armas (220 arcabuceros y 340 piqueros) al mando de Meiranes, Montoto, Cotrofe y Del Lago. Esto hacía una formidable guarnición de unos 1.200 hombres.

Nada que ver con los 23.375 individuos que traían los ingleses. Esta desproporción se explica porque Drake no tenía órdenes de atacar La Coruña, sino de designios mucho mayores. Su escuadra era la apropiada para grandes empresas y no para tomar una ciudad con una población total de unos 4.000 habitantes. Pero a Drake le gustaban los botines seguros más que las grandes batallas navales, de las que huía, como lo demostró en la campaña del año anterior en aguas del Canal, y como lo iba a demostrar meses más tarde en el estuario del Tajo.

Por la noche el muro de la Pescadería (que cerraba la Ciudad por su parte oeste y se situaba en la actual acera este de la calle Juana de Vega) permanecía relativamente protegido. La zona más próxima de la bahía también resguardada debido a la distancia que había marcado la artillería del castillo de San Antón y a la artillería de los buques de la Gran Armada San Juan, San Bartolomé, Sansón, Diana y Princesa que trazan un arco protector sobre la gran playa de la Marina.

Pero a favor de la oscuridad los intrusos incursionan por otros puntos desguarnecidos y establecen destacamentos en puntos estratégicos: Monte y Puente de la Gaiteira, Castiñeiras, Nelle, Payo-Mouro y Labañou. Así La Coruña quedó totalmente cercada por tierra.

Dos compañías de refuerzo (150 hombres) que venían de Betanzos al mando de los capitanes Monsalve y Ponce se encontraron en el bosque de El Burgo con una partida mandada por el capitán Juan Varela y siendo este gran conocedor de esos andurriales les facilitó la labor de acercarse y entrar en la Pescadería por el Orzán, cosa para ellos harto difícil por el riesgo de tropezar con patrullas inglesas.

Al amanecer del viernes 5 de mayo, el muro de la Pescadería era la nueva frontera entre España e Inglaterra. El marqués de Cerralbo reforzó al máximo el parapeto en detrimento de la guarnición de la Ciudad Alta. Algunos capitanes conocedores del poder enemigo y de la endeblez del murete aconsejaron transportar la artillería del San Bernardo (que se hallaba en carena), víveres, enseres y objetos de valor de toda la Pescadería a la zona más segura de la antigua ciudad amurallada, para que no fuesen utilizados por los enemigos, caso forzasen las defensas y entrasen. Pero el Marqués no quiso amilanar a la población anticipando medidas que aún no consideraba necesarias.

Disparaban los cuatro cañones del Malvecín contra las fuerzas inglesas más próximas, los barcos españoles utilizaron su artillería contra la flota invasora que les respondió … La bahía coruñesa estaba esa mañana bajo un estruendo aterrador, y bajo esa actividad los británicos botaron cuatro lanchones y desde sus buques transportaron tres grandes piezas de bronce que pensaban situar en unos peñascos a la altura del Puente de La Gaiteira y batir con ellas el muro de la Pescadería y a los navíos que lo resguardaban desde la mar. Bordearon los lanchones la playa de Oza hacia el fondo de la bahía y varias banderas los protegían marchando por tierra. Los cañones de San Antón y las piezas del Malvecín no los alcanzaban; los galeones fondeados en la bahía no podían maniobrar para perseguirlos por ser pesados y no disponer de viento favorable; la única solución a mano eran las galeras a remos Diana y Princesa, próximas a San Antón, que podían bogar hacia los lanchones enemigos. Pantoja y Palomino, sus capitanes fueron animados desde tierra a que atravesasen la bahía e interceptasen a los lanchones; los disparos desde los barcos ingleses no las alcanzaban, pero la presencia de la flota isabelina flaqueó sus ánimos y cuando estaban ceca de los lanchones, sin llegar a embestirlos, hicieron unos inútiles disparos y viraron hacia San Antón. Pusieron rumbo a Ferrol, simulando el ir a buscar unos  refuerzos que nunca llegaron. Se les reprochó a los dos capitanes esa manifiesta tibieza en el fragor de la lucha, y merecieron muy desfavorables, pero merecidos,  comentarios de los mandos militares y de la decepcionada población.

Los ingleses pudieron plantar sus tres cañones en La Gaiteira y desde allí cañonear con mucho acierto a los galeones San Juan y San Bartolomé que respondiendo al fuego descabalgaron a dos de las tres piezas, pero era tan fácil el blanco para los ingleses que el San Juan –recién restaurado y orgullo de la flota de Filipinas- fue certeramente abatido desde tierra. Drake espoleó a sus hombres para retirar los gallardetes, pero desde el buque fue  repelido el abordaje con una gran explosión que causó quince muertos. Y por no poder remolcarlo hasta San Antón, al día siguiente se le prendió fuego para hundirlo.

 

La noche triste

 

Sin la protección de galeones españoles en la bahía, con las dos galeras huidas a Ferrol y el Castillo de San Antón protegiendo sólo un flanco, y desde lejos,  la zona amurallada de la Pescadería quedaba totalmente desguarnecida por mar. El pequeño fuerte del Malvecín, al igual que toda esa zona amurallada, resultaba desfasado y casi ridículo ante el poderío del ejército invasor, pero los coruñeses se aprestan a contener al invasor fuera de sus murallas.

A la llegada del crepúsculo cuatro buques ingleses se lanzaron a por el castillo de San Antón y “…llegaron tan cerca que su mosquetería alcanzaba el fuerte, del cual se les dio tal carga que los obligó a volverse a la Armada echando lanchas por proa que los remolcaron.”  Esto dio a los sitiados la certeza de que el Castillo impediría el acercamiento de buques, lo que dificultaría el cerco al inglés.

 

La defensa del Malvecín y la Puerta de la Torre estaba encomendada a Troncoso con su compañía y a Vasco Fernández y Francisco Meiranes  con sus milicianos. El centro del muro lo defienden los capitanes Juan de Monsalve y Pedro Ponce con las compañías llegadas desde Betanzos, y el capitán Montoto con otros  milicianos. El Camaranchón, la zona más peligrosa, le corresponde a Juan de Luna. En el arenal de la bahía (hoy zona del Obelisco) se parapetan las fuerzas del capitán Gómez de Carvajal y del alférez Antonio Herrera.

Al amparo de la noche la tremenda oleada invasora ataca con estruendo el muro de la Pescadería. Protegidos por este estruendo los ingleses se embarcan en lanchones y pretenden desembarcar en el arenal, pero son descubiertos y repelidos por las fuerzas de Carvajal y Herrera. Cambian su rumbo hacia la Marina donde logran desembarcar pues los escasos hombres de la reserva del Marqués no consiguen impedir que 1.500 ingleses tomen tierra a espaldas de la parroquia de San Jorge, al pie de la muralla de la Ciudad Alta. 

Desde el exterior del muro los asaltantes –muchos y bien adiestrados- fuerzan sus ataques sobre el Camaranchón y consiguen penetrar. “…..a la que acometieron con escalas......y aunque los nuestros mataban muchos de ellos, ellos no volvían pie atrás, antes porfiaban a entrar, y los nuestros a defenderse.”   

 Los defensores, cogidos entre dos fuegos tienen que retirarse, con gran pérdida de vidas, armas y pertrechos, hacia la Ciudad Alta donde el marqués de Cerralbo, al ponderar con innegable retraso las posibilidades de perder la Pescadería, había ordenado trasladar algunas provisiones.  Esta tardía orden la critica en su diario el capitán Juan Varela: “…algunos se quejaron cuando vieron tanto bastimento perdido en manos del inglés, diciendo que ellos habían dicho que se metiese dentro, y que no fueron oídos.”

La tragedia que entonces se adueñó de la Pescadería, es uno de los episodios más tristes de la historia de Marineda: Muchos defensores se zambulleron en la mar, otros se abrieron paso a sangre y fuego hacia el interior de la península para hacerse fuertes desde el Castillo Viejo (de San Diego). Los pocos que acompañaban a los capitanes Juan Varela, Ponce y Monsalve abrieron a hierro una brecha entre la soldadesca isabelina y consiguieron (no sin pérdidas, Monsalve fue acribillado a picazos hasta la muerte) pasar en la oscuridad tras los muros de Ciudad Alta.

 

Esa noche los ingleses la dedicaron al saqueo de la Pescadería por ser morada de la mayoría de la población de La Coruña  “…e aunque tomaron muchos a prisión…..usaron de muchas crueldades, matando muchos hombres, niños y mujeres, y algunos con fuego y otros con martirios…” 

Ocuparon el magnífico Hospital de San Andrés, orgullo de la Cofradía de Mareantes, dotado con los adelantos sanitarios de la época, para atender a  sus heridos.

Dedicaron tiempo y placer al saqueo. Hallaron de todo y en abundancia “…porque hallaron muy buenas casas y camas regaladas, y que comer y beber a carretadas; ropas y vestidos para los que no las tenían y armas, y las casas llenas de otras muchas cosas.”  Drake y Norris celebraron con gran júbilo, junto a sus jefes y oficiales, el fácil botín. En la casa del canónigo Labora, en la calle Real, donde se habían instalado y festejaban la feliz jornada, brindaron repetida y generosamente en las copas de cristal de fina talla por la inminente rendición de La Coruña, que representaría una gloriosa escala en el rápido camino a Lisboa.

No sabían aquellos arrogantes saqueadores que estaban entrando en la antigua lista de hombres de armas que, en alguna de las grandes y bellas ocasiones de la historia, estuvieron profunda y absolutamente equivocados.

Cerca de cuatrocientos coruñeses murieron en esta “noche triste” del cinco de mayo.

Los supervivientes serían los protagonistas de dos semanas de heroica resistencia.

 

¡A las murallas!

 

Al día siguiente, sábado, una parte de los invasores se hicieron fuertes en el convento de Santo Domingo, situado extramuros –como lo mandaba la Carta Puebla dada por Alfonso IX-, pero muy cerca de la muralla.

Conocida la situación en que se hallaba La Coruña, desde muy diversos puntos de Galicia se aprestaron a enviar ayuda. Los primeros 1.400 hombres llegaron desde San Saturnino y Betanzos (enviados por Pedro de Andrade y Pedro Pardo) los situaron en El Burgo y junto a los  600 hombres venidos de Betanzos se encargaron de impedir los constantes  intentos ingleses de desembarcar tropas en diversos puntos de la costa y así frustrar su penetración hacia los municipios de Oleiros, Sada y Betanzos limitando la presencia inglesa a la flota fondeada frente a Santa Cruz y Mera.

En el mismo sábado llegaron dos compañías de asturianos bisoños que enviaba desde Santiago el conde de Altamira y que junto a tres compañías de aguerridos soldados enviadas por don Francisco de Menchaca, señor de Cayón, sumaron 2.400 hombres a los que dedicaron a hostigar al enemigo desde el monte de Arcas (la Zapateira). Así, eran vistos desde la Ciudad Alta y transmitían a partes iguales esperanza a los sitiados e inquietud al sitiador.

Mientras los defensores permanecían en guardia constante sobre las murallas, atentos a cualquier añagaza del enemigo, al tiempo que repelían los persistentes ataques. Vieron como intentaban subir un esmeril -pequeño cañón- al campanario del convento y desde las murallas dispararon volando parte del campanario, pese al fuego que les enviaban desde las ventanas. También observaron los trabajos de zapa de los ingleses para minar el cubo de la muralla, sin nada poder hacer más que esperar, pues muy lejos les quedaba la boca-mina.

La lucha que era encarnizada en casi la totalidad del perímetro, cesaba un poco a las noches cuando los ingleses aprovechaban para aumentar sus trabajos de zapa intentando que la mina llegase lo antes posible al pie del cubo y una vez allí acarrear ingente cantidad de pólvora que hiciese volar el cubo por los aires abriendo una irreparable brecha en el cerramiento de la Ciudad para que los ingleses entrasen a sus anchas.

El Castillo de San Antón cumplía fielmente con su misión de mantener a distancia las naves invasoras al tiempo que mantenía el puerto inutilizado para los transportes de pertrechos que los ingleses requerían. En aquellos momentos tenían en la plaza entre 10.000 y 11.000 hombres.

En la organizada defensa de la Ciudad las mujeres fueron, en principio, las encargadas de entregar agua y comida a todos los defensores a fin de que estos no abandonasen sus puestos ni un instante; puntualmente asistir a los heridos y trasladar a los muertos. Días más tarde serían ellas las que suministrarían pólvora, cuerda y proyectiles –que acabaron por hacerse con todo lo que fuese metálico-. Además de este trajín se encargaban de reforzar el perímetro por el interior y terraplenar los cubos huecos consiguiendo así una solidez que las murallas no tenían lo que permitió plantar sobre ellas piezas de artillería. Los niños y los ancianos con movilidad estaban en permanente ayuda y realizaron trabajos tan relevantes como acarrear para dentro de la muralla, desde las lonjas que estaban arrimadas al exterior del muro (zona de la Real Maestranza), todo el bizcocho que allí se guardaba –destinado como alimento a la despensa de los buques que se hacían a la mar- y cuando no pudieron acarrear más por ser sorprendidos por el enemigo incendiaron las lonjas con su contenido para no caer en manos de los ingleses.

El domingo al final de una de las fuertes refriegas tocó el inglés a tambor de plática. El Marqués envió un sargento y que sólo la aceptase si era para hablar de los prisioneros de uno y otro bando. El emisario pretendía entregar una carta al Marqués, pero urgido a que dijera lo que traía anunció que los Generales pedía esta ciudad para el Reino de Inglaterra y que entregándosela usarían de Clemencia, no mirando la afrenta que el año antes le había querido hacer nuestra Armada…. y bla, bla, bla…y que si así no fuese usarían todo el rigor de la guerra y aunque estuviese dentro todo el poder de España la habían de tomar dentro de dos días. El Marqués mandó decir …que se alargase.

 

El Voto

 

En la noche del ocho de mayo se reúne un grupo representativo de los ciudadanos coruñeses (sin la presencia de autoridades) que acuerdan firmar su famoso Voto, su promesa particular en la que solicitan la protección de la Virgen del Rosario para que las hordas inglesas no logren adueñarse de la Ciudad. Una vez firmado el documento los firmantes se volvieron a sus puestos de defensa en la muralla. La promesa consistía en celebrar anualmente una fiesta en honor de la Virgen del Rosario, dotar a quince doncellas con veinte ducados a cada una, atender a los pobres de la ciudad y hacer una procesión conmemorativa.
Ese Voto se renovaría once días más tarde, ya finalizado el asedio y con los ingleses fuera de la Ciudad, pero esta vez hecho de forma oficial, presidido por la Corporación Municipal, la Real Audiencia y demás poderes públicos. (*)

(*) Obligaba sólo a quienes lo formularon entonces y a quienes, en lo sucesivo, lo asumieran; tenía carácter penitencial, solemne y procesional.
Se celebró inicialmente en la Iglesia de Santiago y posteriormente, durante 130 años ininterrumpidos, en la de San Jorge.
A partir del año 1969 se decidió trasladar la Función del Voto a la iglesia de Santo Domingo donde la Cofradía de la Virgen lo vino celebrando.
Actualmente se ha recuperado el Voto “oficial” con una misa solemne de acción de gracias –auspiciada por la Corporación Municipal y celebrada por el Arzobispo- el domingo más próximo posible al 19 de mayo.

Recrudece la batalla. Protagonismo de las mujeres.

 

La tarde del día 11 los sitiadores lanzan un masivo y elaborado ataque con escalas en la zona de Puerta Real, y tras demorado combate son rechazados. Esta victoria eleva la moral de los sitiados y lo celebran con cánticos que los ingleses oyen desde sus emplazamientos.

La mina (el túnel) progresa por el subsuelo hacia el cubo y creyendo que están bajo él el día 12 hacen explotar una tremenda carga que apenas hizo daños por haberse quedado cortos en la longitud del túnel.

Ese mismo día por la tarde rematan un baluarte elevado que estuvieron construyendo dentro del convento y comienza el bombardeo ininterrumpido día y noche, hasta que en la mañana del día 14 consiguen abrir brecha. Los hombres del capitán Pedro Ponce y los del alférez Antonio Herrera contienen las primeras oleadas que penetran por la brecha. Los ingleses retroceden y se lo piensan.

A las seis de la tarde de ese día 14 los ingleses vuelan el cubo e inician su ataque, pero gracias al apuntalamiento hecho por las mujeres este revienta hacia el exterior desplomándose sobre los atacantes, sepultando a más de 300 hombres de la vanguardia inglesa.

Los sucesivos ataques desde diversos puntos, propiciados por un invasor que parece no sentir las bajas van desgastando y debilitando el poder defensivo de los sitiados. A medida que esto ocurre las mujeres coruñesas  van adquiriendo un mayor protagonismo en todas las tareas de defensa. Ahora ya han dejado a niños y ancianos las labores de apoyo y ellas cargan sus propias armas y las empuñan. En una de las muchas escaramuzas que hubo en Puerta de Aires, María Pita comandando un batallón de mujeres entra en combate en primera línea; después de más dos largas horas de feroz batalla logran la retirada de los ingleses –que no se creían que pudiesen ser rechazados por una tropa con faldas- dejando cientos de muertos y heridos; el desgaste ha sido tan intenso para los sitiadores que ya no volverán a intentarlo, y esta hazaña comentada entre los defensores de la muralla hizo que diversos capitanes utilizasen a las más aguerridas en mayores cometidos.

La batalla ya de por sí dura se vio incrementada en los días 16 y 17 por las intentonas incendiarias que los ingleses lanzaron esas noches aprovechando la bajamar y que fueron cruentamente rechazadas.

Los ingleses, contenidos sus buques dentro de la bahía, mantenidos a raya por los cañones del castillo de San Antón, e impedidos de saltar a campo abierto por las fuerzas estacionadas en el monte de Arcas, y que controlaban las operaciones inglesas de salida hacia nuevos y más fáciles frentes, no podían maniobrar a su antojo e incluso tenían enormes dificultades de suministros. Su moral de combate decaía en la casi totalidad de los sitiadores y lo que a los generales se les antojó como cosa de coser y cantar ahora con la triste realidad de los combates veían que se les estaba poniendo tan cuesta arriba que les resultaba imposible el creer en una victoria; las cifras de muertos y heridos eran muy elevadas y se ocultaban a la tropa.

 

María Pita

 

Las tropas asaltantes preparaban un nuevo asalto por el hueco del cubo minado; absolutamente empeñadas en tomar la Ciudad insistían tercamente por una docena de sitios diferentes, pese a que estaban sufriendo bajas a un frenético ritmo, y trataban de que sus asaltos más importantes se realizasen por el hueco abierto; al tiempo disparaban desde el elevado baluarte de madera para distraer y entorpecer la defensa.

Los mandos ingleses habían aplicado todos los medios a su alcance para que sus tropas se alzasen con un triunfo que les permitiese justificar ante su reina el retraso, el incumplimiento de la misión y las pérdidas sufridas. No podían permitirse que un ejército reunido para la ocasión, diseñado para designios mayores, fuese derrotado por unos locos irreductibles máxime después de lo fácil que les había resultado el desembarco y la toma de la floreciente Pescadería. Cada ataque se presentaba como si fuese el definitivo, el que les permitiese acceder a la Ciudad, pero los resultados les eran contrarios una y otra vez.

Drake ya había sugerido la necesidad de suspender los ataques debido a la tardanza en consumar el asalto. John Norris se opuso; había preparado diez compañías de refresco para entrar en combate; veía cerca la victoria y él mismo, sable en mano, dio la orden de ataque. Una nueva oleada se dirigió contra la quebradura de la muralla.

Los sitiados se pasmaron de que aún hubiese tantos invasores en posición     de lucha. Sólo el empecinamiento más tenaz podía explicar que Norris lanzase al combate sus últimas fuerzas de reserva.

El lado español ofrecía un panorama desolador, multitud de cadáveres y heridos campaban por doquier y el aspecto de los que aún se  aguantaban en pie daba verdadera pena pues buena parte de ellos estaban heridos.

El fuego británico se hizo más intenso. Cientos de hombres se dispusieron definitivamente a entrar. Hubo un instante de asombro, pero de inmediato los defensores se lanzaron armados de picas a la brecha. Certeros disparos ingleses los barrieron, era el fin; los coruñeses ofrecían el triste momento de sucumbir ante el enemigo. ¡Ya son nuestros! Voceó un gigantesco alférez inglés luciendo una deslumbrante armadura que le cubría todo el cuerpo; estaba alcanzando lo más alto de la brecha seguido de sus soldados y con unos pasos más ya sólo tendría que descender para entrar en la Ciudad. El sol del atardecer recortaba su silueta con destellos dorados y dibujó el majestuoso trasluz de su gran bandera al viento, como si el dios Helios quisiese adornar una figura victoriosa y anunciar a los sitiados el horrendo desenlace.

María Pita que se había arrodillado para atender vanamente a un tonelero se incorporó y clavó los ojos en aquella figura imponente que farfullaba cosas ininteligibles. Eran seres como aquellos los que habían matado a su marido, a Sebastián, a Inés y a tantos y tantos otros coruñeses sólo por el hecho de serlo. Miró a su alrededor y vio a sus vecinos paralizados y horrorizados ante lo que se les venía encima. Su tristeza fue velada por una ciega ira y supo que el objetivo de su vida era derribar a aquel arrogante ser extranjero. Cogiendo la pica de Sebastián la corpulenta joven  subió muy deprisa, fuera de sí, a la brecha, y se abalanzo temerariamente contra el sorprendido alférez sin darle tiempo a reaccionar. Hundió entonces la pica en su vientre.

En los ojos del gigante, atravesado de parte a parte, se leyó la sorpresa más absoluta. María lo despeñó piedras abajo, pero antes aferró el asta de su bandera y la exhibió mirando a sus conciudadanos, aunque su enmarañada melena, en lo alto de la batería fue vista desde ambos bandos.

¡Ayudadme a echarlos de aquí! ¡Quien tenga honra que me siga! –gritó. Y aquel grito inició una leyenda.

Las mujeres, en ese momento, emulando a María Pita, se encaramaron en masa a las murallas y a la brecha, produciendo una avalancha que hizo recular la ofensiva. En medio de ensordecedor griterío femenino lanzaron una lluvia de piedras que acabó de aturdir a las compañías inglesas que veían como su bandera se quedaba en manos enemigas.

Y es que las mugeres e hijos acudían a las partes mas peligrosas con mucho ánimo con muchas piedras con las cuales tiraban a los enemigos con que les descalabraban e azian mucha ofensa…

 

El día 19 Drake se hace a la mar con rumbos a Lisboa, donde también le dieron las suyas y las del pulpo.

 

 

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